Estaba en clase de química. La seguía directamente a una rendida nefasta de un evaluativo de la misma materia, sobre equilibrio ácido base. Hacía un poco de calor y el profe nos propuso abrir la ventana. Yo me sentaba justo en frente de una, que daba a las copas de unos árboles altos. Parecía ser que a esa altura había mucha brisa, porque las hojas se movían. Era la tarde y estaba nublado.
Mientras, en mi cabeza pasaban varias cosas. Ultimamente vengo pensando en ciertas palabras que me dijeron y que no logré sacarme de encima. Seguro desaprobé ese evaluativo, y en ese momento estaba desanimado. No tenía fuerzas espirituales.
Me viene costando mucho la autoestima, en parte porque, entre esas palabras que les menciono, muchos profes me dijeron en más de una ocasión: “¡Salvador! Como sos de atolondrado…” “Salva, no te tires el piletazo” “¿Que vos cruzas la calle asi sin mirar? Pensá antes de hablar, no respondas por responder”
Resulta que soy muy ansioso. Siempre lo he sido. No tengo esa ansiedad exagerada que se vende en los medios, me atrevo a decir de mi que es un caso completamente humano. Mi ansiedad se manifiesta en las tonteras de la vida: Camino muy rápido, escribo muy rápido, leo muy rápido, pienso rápido, y muchas veces respondí preguntas de exámenes demasiado rápido, y eso no conllevo más que un fracaso rotundo.
En su momento, antes de querer aceptar realmente que soy una persona ansiosa, solía llamar a este fenomeno: El apuro. Es simplemente vivir tan apresuradamente que la vida más que vida es una acelerada sucesión de escenas olvidables. Digo olvidables, porque al final del día, en mis oraciones, me pregunto con sinceridad de quién habla solo con Dios: ¿Que hice hoy sino hacer? ¿Viví saboreando mi día? No, evidentemente. Me la pasé en movimiento.
Este lío de ideas se empezaban a mezclar con la constante de equilibrio de precipitación, y la solubilidad de compuestos no electrolitos o de electroliros fuertes y lo importante que es diferenciar uno de otro. Y yo alternaba mi mirada entre el profe, las hojas que se movían, mi carpeta, la brisa y los chicos que estaban distraídos también.
Y en medio de todas esas variaciones en mi atención mi cabeza iba y venía y yo me concentraba en no autoexigirme demasiado. Me esforzaba en decirme que no pasaba nada, que ya habia desaprobado otras veces. Que ya estoy en tercer año, que esto no es nada, pero que no puedo seguir cometiendo esos errores.
Me acuerdo que en un segundo me aturdió mi contexto sobrestimulado de conflictos, que en un afán de encontrar consuelo abrí mi mano estirandola hacia mi mochila buscando la botella.
En ese mismo instante siento un poco el viento y se me agranda el corazón por una fracción infinitesimal de tiempo al acordarme del Espíritu Santo, que es el viento de la Tierra. No llegué a agarrar la botella porque todo se detuvo al ver como una plumita flotaba con calma desde la ventana directamente hacia mi mano todavía abierta.
Me quedé abstraído en esa tontera. Me olvidé de todo. Samir, que hablaba con Poldo sentado atrás desde hace un rato, comenta:
-
“Salva, hoy te vas a morir”
-
“Me eligió a mi parece” - le digo yo.
Sin duda que si. No podía pensar en nada más: Dios me eligió a mi, y quiere que muera a esas preocupaciones y exigencias humanas. Intenta hace una hora de clase entera hablarme por Su viento, Sus árboles, Sus nubes… y yo sigo en el tornado.
Nadie en esa clase pensó seriamente algo sobre esa tontera de la vida. Una plumita de casualidad entró y cayó en mi mano, fue gracioso y ya está.
Yo en cambio, sentí a Jesús diciendome:
“Yo voy a estar con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”