Hace unos días me propuse regalarle mi nuevo celular a mi hermano para quedarme con mi viejo celular. Este es menos útil, anda un poco mal, le dura 2 horas la batería y es pequeñito. Pensé que tal vez este “retroceso” tecnológico me haría sentir más libre y me ayudaría a vivir más sencillamente.
La sencillez que busco es la de los santos. Y ahora que lo pienso mejor, no tiene nada que ver con las cosas que tengo.
Esta semana, quiero enfocarme en aceptar con alegría lo que me toque vivir. Desaprobar, estar cansado, sentirme lejos de Dios, tener que sacrificar tiempo con amigos por la facultad, todo eso que vengo experimentando. Se que, al final, eventualmente, se va a pasar. Dios no se muda, se queda siempre conmigo y no resiste verme cargar una crucesita por tanto tiempo. Su amor de Papá no se lo permite.
Por eso mismo, creo que la sencillez de Dios la vivo en carne propia cuando dejo de querer cambiar mis circunstancias. ¿Tengo una semana de cursado muy intensa? A llevarse vianda, agua y ropa comoda a la facultad. ¿Tengo adicción a mi celular y quisiera tener uno peor pero no lo tengo? A dejar el celular y a otra cosa mariposa. ¿Quisiera tocar la guitarra pero tengo que estudiar y estoy harto de que sea así siempre? A descansar mirando a mi entorno. Mirar a los otros cuando estoy triste es lo mejor que hice alguna vez. Concentrarse en las preocupaciones de otros y rezar por ellos cuando mi cruz se siente muy áspera me ayuda a darme cuenta que mis problemas son mínimos y que no son el centro del mundo.
La naturaleza sigue ahí alabando a Dios con su sencillez. Yo doy gloria a Dios viviendo sencillamente.