La otra vez estaba echado en la hamaca paraguaya antes de que mis hermanos la rompan. Era de noche y hacía un poco de frío. Me acuerdo que las luces del vecino esta vez no me molestaban. Estaba en llamada con mi novia por rezar antes de dormirnos, pero teníamos muchas ganas de conversar, porque venían siendo semanas medio tediosas. No me acuerdo ni de qué empezamos hablando. No me olvido de los mosquitos de verano que estaban muy densos. 

De una forma u otra terminé contándole lo ajeno que venía sintiéndome a cosas muy cotidianas como unirse a un meet universitario, o tener que silenciar al celular para silenciar la facultad, o tener que estar atento a WhatsApp para estar atento a ella y poder hablar esa noche. Y le contaba que todas esas cosas, para mí, cambiaron en la pandemia. 

Yo la viví muy tranquilamente. Fue más que nada un tiempo divertido dónde descubrí formas nuevas de hacer las cosas: Rendir “multiple-choice“ en “socrative“, tomar apuntes desde la compu en un grupo dónde estaba yo solo en whatsapp. Entre otras cosas, que fueron virtualizando progresivamente mi vida. No pasó nada “serio“ como la muerte de algún ser querido o la enfermedad de alguien cercano en mi vida. Doy gracias a Dios por eso. Me doy cuenta que, al menos los que fuimos adolescentes en ese momento (principalmente), perdimos algo para siempre. 

Me acuerdo de mi tiempo antes de la pandemia como un tiempo invertido de una manera muy distinta a como es hoy. Seis años después (seis años es muchísimo, no se en que momento pasó). Antes vivía más concentrado… Más atento al instante que me tocaba vivir, no con tanta dispersión. Puede ser también que era más niño.

Por tanta inmersión en la tecnología… En esa adaptación, perdí la capacidad de detenerme. En general, empecé a vivir con mayor aceleración. Con mi novia nos gusta llamarle “efecto compu“ (nos sigue pasando cuando estamos mucho tiempo delante de una máquina que hace todo instantáneamente). Es ese galopeo del corazón con el que mi cabeza va comentando: “todavía falta mucho por hacer y hay que hacer todo ya lo antes posible porque no hay tiempo dale anda ponete a estudiar pero no este tema ni lo leas porque no llegas no tenés tiempo para andar desperdiciando de esta manera tu energía“. Quita la respiración y te hace mover de un lado para el otro, y terminás contestando un mensaje mientras te cambiás la ropa para hacer ejercicio mientras pensás en que la botella no tiene agua y así. 

Es una vorágine que hasta me cansa escribirla y probablemente te canse leerla. Antes del 2020, yo no concebía otra forma de reunirme con gente que no sea reuniéndome con gente (ahora lo hago por meet). No existía para mí un lugar donde chequear tareas de la casa nuevas que la seño haya subido porque “las tareas de la casa las dictaban en el curso“ y no existía el “subirlas al campus”. El colegio no existía afuera del colegio. Hoy la facultad me acompaña en el bolsillo constantemente. Al igual que mis amigos, cuando era más chiquito y no tenía celular, me acuerdo que para charlar con Facu yo lo llamaba por el teléfono fijo del living, y buscaba su número en un libro gigante amarillo que tenía “todos los números de Tucumán“.

Debido a este fenómeno del que les hablo, empiezo a tratarme a mi mismo con una crudeza computacional. Espero de mí, respuestas instantáneas. Arreglos en el momento y soluciones lógicas y rápidas que se activan en un click. Todo esto es parte de la virtualización general de mi vida que les conté. 

Ese tiempo encerrados con la computadora, me hizo confundir mi humanidad con mi presencia virtual. Y esa confusión sigue haciendo cortocircuito en mi sistema humanamente operativo. No puedo asimilar la idea de que literalmente toda mi vida este acompañándome todo el tiempo en el bolsillo. No quiero aceptar que ahora todo tenga que ser hecho delante de una pantalla tarde o temprano: Ir al campo con la facultad implica que después voy a tener que sentarme horas delante de la compu a analizar los datos, ir a la facultad implica que tengo que estar atento al mail para cuando actualicen el campus y atento al WhatsApp por si alguien avisa algo. Hasta con mi familia me pasa, tengo que estar pendiente de las actualizaciones que manden por el grupo. También con un aspecto más personal. Las notas de los libros que leí están escondidas en el celular. Los libros que quiero leer están en el celular. Mi entretenimiento, mi descanso, mi estudio, mi trabajo, incluso mis oraciones, a partir de la pandemia, empezaron a existir casi por entero en mi celular. Mi celular tiene más de mi de lo que yo tengo de mi mismo. 

Quizás esto esto arrancó mucho antes de la pandemia para algunos. O quizás sea un problema mío nada más, y hago muy mal en generalizar tanto. Será que no quiero sentirme tan solo en este drama. Eso le contaba a la Emi ese día. 

Muchas cosas que mencione en los párrafos anteriores, gracias al Señor, ya no son así. Progresivamente estoy aprendiendo a re-humanizar mi vida. Suena espantoso. Pero es real, no es humano tener accesibilidad a todos los aspectos de nuestra vida todo el tiempo en cualquier lugar. No es sano. O al menos yo nunca pude acostumbrarme, veo que mis hermanos más chicos si están mucho más adaptados. De a poco empiezo a tomar notas de las cosas que me gustan y las cosas que pienso en un cuaderno real. Intento que mis tiempos de descanso sean realmente descansadores existiendo fuera del celular: salir a correr, hacer ejercicio, escuchar música SIN EL CELULAR (tengo un mp3), dibujar con mi hermana, leer un libro real-físico-tangible y por sobre todo, rezar con la Biblia. Rezar en silencio. Lento y solo. Con el Señor. 

Hoy tengo adoración Eucarística, así que voy a estar rezando esto y por todos los que todavía sufran esta “adicción dopaminergica” (no se si esa palabra exista). 

Me volví más impaciente y menos tolerante a la “satisfacción/gratificación real (es decir no-instantánea)“. Todo lo que nos es humanamente gratificante implica un sufrimiento previo (escuchen este podcast). He aquí los hobbies reales (tallar madera, dibujar en papel, leer un libro físico, forjar un cuchillo, andar a caballo, tocar un instrumento, etc) que progresivamente fuimos sustituyendo con su versión digital.

Si se ponen a pensarlo seriamente suena hasta ridículo este problema. Cuanta gente existe ahora en una cabañita sin señal atrás del Muñoz, en medio de Tafí… Y yo que tengo todos los “lujos materiales y tecnológicos” me estoy quejando. 

Será que una vida “así” de lujosa, nos quita muchos otros “lujos”…